lunes, 27 de julio de 2009

ESPEJOS

Por María Irma Betzel


¡Ea, pues que soy mi sombra!
La sombra de mi sombra
María Inés Tiscornia

A Maruja le emocionó la noticia de que había llegado un nuevo parque de diversiones al pueblo. Decían que éste era exclusivo, que nunca se vio uno así por esos lares y que ofrecía diversiones diferentes a las de los otros que solo tenían algunos pocos juegos aburridos.
Aquel domingo Maruja se acicaló para la importante ocasión y como nadie quiso acompañarla se fue sola hacia las afueras del pueblo, guiada por el sonido de extrañas melodías con tañido de campanas que venían del lugar donde se instaló el parque.
Al llegar se dio cuenta de que era la única visitante del lugar. “Seguramente es temprano aún” se dijo y le pagó la entrada a un hombre de grandes bigotes, con aspecto de fantoche, que atendía en una descolorida casilla de lata.
Como nadie se acercó a reclamarle el comprobante de la entrada metió éste en un bolsillo de sus pantalones desflecados y empezó a recorrer el lugar. Todo era muy atractivo, pero los juegos no estaban todavía habilitados, es decir, no había nadie que hiciera funcionar las máquinas.
Maruja no tenía apuro y decidió seguir caminando. Las cascarillas secas de arroz que cubrían el suelo se le metían dentro de los zapatos pero se los quitaba para sacudirlos sin sentir incomodidad alguna pues no se veía a nadie por ningún lado. Más tarde, impaciente, pensó “Es hora de que algunos juegos empiecen a funcionar” y cansada, se dejó caer sobre un montículo alto de cascarillas. Desde allí, vio un resplandor claro: era la puerta entreabierta de una casilla de metal adornada con un gran dibujo de lagarto y que tenía escrito con letras rojas:
“ Bienvenido al Túnel de los Espejos Rotos”. Maruja dio un salto. Siempre le gustaron los espejos. Este juego tenía las puertas abiertas y no requería el funcionamiento de máquina alguna. Excitada, entró a un largo túnel oscuro y silencioso. Sintió cierto temor, más continuó avanzando. De pronto, al doblar en un angosto recodo ingresó a una sala que reflejaba haces luminosos de numerosos espejos que cubrían todo el recinto. Eran muchos y estaban quebrados aunque las piezas permanecían unidas. Parecían muy antiguos, se disponían en un aparente desorden pero eran precisos para reflejar la imagen de Maruja desde ángulos insospechados por ella. “Es divertido” pensó. Le gustaba caminar y ver los trozos de su cuerpo que parecían desfasarse de un lado a otro, como si también estuviera roto. Tanto brillo y tantas figuras extrañas de su propia imagen la agotaron y decidió salir. Pero sólo encontró más espejos. Comenzó a girar de un lado a otro, buscando un espacio abierto que la llevara afuera. Solo veía fugaces trozos de sí misma, de su camisa rosa o de su largo pelo suelto que se agitaba con movimientos desesperados. De pronto tropezó con un espejo de cuerpo entero, sin rajaduras, que le devolvió su imagen real, tal cual era. Maruja sintió un repentino alivio “Bueno, aquí estoy” se dijo “Al menos, ésta soy yo”. Al reconocerse tan nítida y normal, estiró una mano para acariciar su rostro en el espejo. No sintió el contacto frío y plano del vidrio sino un suave calor de mejilla húmeda y blanda. Asustada, retiró la mano y se quedó quieta. Un frío serpenteo le recorrió el cuerpo. Era miedo. Maruja, pensando que fue una errada percepción suya, acercó, esta vez la mano a su propio rostro. Horrorizada, lo sintió frío y plano, quiso gritar pero la voz se atascó en sus labios que parecían emparedados en un cristal. Lo intentó una y otra vez. No pudo hacerlo y tampoco fue capaz de mover un solo músculo de su cuerpo. Escuchó, a lo lejos, desde el otro extremo de la sala o tal vez desde el túnel oscuro, su propio grito, el que quería gritar. Era espeluznante. Sintió que la piel se le abría en numerosas escamas que al caer al suelo, arrastraban, cada una de ellas, un trozo de sí misma. Se quedó allí, muda e inmóvil hecha pedazos en el piso frío, apenas cubierto por algunas cascarillas de arroz secas y estáticas como ella.

Al atardecer, los padres de Maruja la vieron regresar. Les pareció que su hija era sólo una fría imagen de la verdadera Maruja. Ya no reía ni hablaba. Tenía la piel cubierta por cicatrices resquebrajadas y, a veces, cuando ráfagas de viento norte acercaban apagados tañidos de campanas, lanzaba un grito pavoroso, que erizaba la piel de quienes la oían. Entonces, en el pueblo, se quebraban todos los espejos y caían los trozos al suelo como escamas secas y duras de lagartos viejos.

SAVIA BRUTA



Novela de María Irma Betzel

Savia Bruta gira en torno a un problema muy actual que aflige a nuestro país: el doble flagelo de la depredación de nuestros bosques y el tráfico ilegal de rollos
Dirma Pardo de Carugati

Todo escritor desea crear con su palabra el antiguo rito del deleite con la lectura. Unos lo logran, otros no. En el caso de la novela Savia Bruta la autora lo consigue con naturalidad y sencillez, casi diría instintivamente. Su lectura atrapa, página a página y "da gusto leer"

Margarita Prieto Yegros

LA COLORADA

Por María Irma Betzel

Nuestro mundo es un telón de teatro
tras el cual se esconden muchos misterios.
Rainer María Rilke


La historia solía relatarla el longevo Epifanio Mereles quien en sus tiempos de mozo la escuchó de su abuelo, un famoso compadrito de la Barriada Norte.
El hecho es que allá por el veinte desembarcó en Buenos Aires una alegre comitiva de prostitutas francesas que se instaló en los burdeles de San Telmo. Pronto despertó comentarios una vivaz pelirroja que se ganó el mote de “la incansable”. De más está aclarar el motivo del apodo que, sin embargo, resultó ser injustificado. Según se comentó después, eran dos las jovencitas de idéntico aspecto (gemelas idénticas) que compartían el trabajo en horarios diferentes. No obstante, el apodo persistió prevaleciendo incluso al de “Coloradas” como también solían decirles.
Ocurrió entonces que un “niño bien” de Belgrano empezó a frecuentar a una de ellas para practicar su francés de academia, imagino que en placenteras circunstancias, lo cierto es que por esas cosas no del todo comprensibles para mucha gente (yo no me incluyo porque aún recuerdo mi atolondrada juventud) el “niño bien” se enamoró de ella y la llevó a un conventillo decente de la barriada. La aristocrática familia pretendió impedir, con mil estratagemas, el romance. Se escuchó decir, incluso, que ella, tan enamorada como él, devolvió una fuerte suma de dinero que algún encomendado le acercara.
Finalmente el padre, decidido a apartar para siempre a su hijo de aquel motivo de oprobio, contrató un matón de no se sabe dónde que un día de tormenta consumó el hecho con un certero tajo de cuchillo al cuello.
Sin embargo –y esto es lo raro- el abuelo de Epifanio Mereles aseguró haberlos visto, semanas después, embarcándose en cubierta. El, de impecable levita y ella, detrás suyo, pálida y fantasmal, con un largo echarpe blanco al cuello.
Nunca más se supo de ellos. Según don Epifanio la muerta era la prostituta que descansaba en el conventillo de su hermana después de una noche de trabajo y a quien el matón, por supuesto, no pudo identificar. Pero no faltaron los que decían que nunca hubo gemelas, sino que molesta por el apodo impuesto, la Colorada inventó con las otras chicas la historia gemelar y que se salvó milagrosamente al llegar su amante e interrumpir el vil ataque. Según los familiares del muchacho, éste partió solo rumbo a Europa.
Sea como sea, nunca más se sabrá con certeza lo ocurrido.
El tiempo es polvo que favorece la confusión...y el olvido.

BIOGRAFIA

María Irma Beztel

Profesora en Biología egresada de la U.N.N.E, Cursa actualmente la Maestría en Metodología de la Investigación Científica. .Ejerce la docencia en instituciones educativas de enseñanza media y universitaria de Asunción.
Nació en Goya, Corrientes, Argentina. Está radicada en Paraguay desde el año 1986, donde formó su familia. Es hija del escritor
Rodolfo P. Betzel (Premio Nacional Arturo Mejía, Bs. Aires, Rep. Argentina 1985)
Ha obtenido los siguientes premios y menciones en concursos nacionales:
• Primer Premio Concurso de Cuentos Breves Coomecipar (1997)
• Mención de Honor Concurso de Novela Club Centenario (1997)
• Mención de Honor Concurso de Cuentos auspiciado por La Cámara de Senadores, Fundación en Alianza y Diario Ultima Hora (1998)
• Primer Premio Concurso de Cuentos Breves Coomecipar (1998)
• Mención de Honor Premio de Literatura Juan S, Netto ( 2004), entre otros
Publicaciones colectivas:
• El Séptimo Libro (2000)
• Sin Rencor (2001)
• Peldaños de Papel (2002)
• Recuerdos de un Naufragio y Otros Cuentos, (Premio Juan S. Netto 2004)
• Por Siempre Cuentos (2005)
• Antología de Escritoras Latinoamericanas (2008) Bs As

Entre las individuales se encuentran:
Savia Bruta (Primera Mención de Honor Concurso Club de Novela Club Centenario 1997)
Cuentos en Fuga (2005)
Virusón (Novela infantil, 2006)
Ponente del Ensayo “Vida y Literatura” en la Feria del Libro de Buenos Aires, en el año 2007
Es miembro del Taller Cuento Breve Hugo Rodríguez Alcalá, del Club del Libro N˚1 y Secretaria de EPA (Escritoras Paraguayas Asociadas) durante tres períodos consecutivos.

EL FRACASO DE LA AMANTE

Por María Irma Betzel

Lo malo de una mujer con el corazón roto
es que empieza a repartir los pedazos
Anónimo


Cuando Mauricio me despidió, me sorprendí. Aunque últimamente las cosas parecían seguir ese camino: citas postergadas, cierta incomodidad de su parte para estar conmigo a solas en la oficina y hasta tuve que soportar un fracaso de ésos que a los hombres les incomoda tanto...en la cama.
Yo, como buena amante, traté de hacerle sentir siempre cómodo, aún en esas circunstancias. Pero era indudable que algo andaba mal, ¿Por qué? Nuestra relación había empezado maravillosamente ¿Entonces...? ¿Otra amante...? Me parecía que él no era la clase de hombres para eso. Con bastante remordimientos me confesó un día que era la primera vez que tenía una relación extramatrimonial ¿La esposa? La había visto una vez, demasiado ingenua, insulsa y poco atractiva, pensaba yo, así que no podía entender por qué aquel viernes al mediodía él me llamó a solas en la oficina para entregarme un cheque (no demasiado “sustancioso”) y decirme que estaba despedida, mirándome casi con indiferencia. Eso sí, un poco nervioso, pero nada más, tratándome como cualquier abogado a cualquier secretaria. Yo no lo podía entender, hasta que Juanita, mi ex compañera de oficina, vino a mi departamento y me lo explicó todo.

-Seguramente no entendés lo que pasó con el Doctor Mauricio- me dijo entre maliciosa y divertida.
-Yo lo sé. Te lo puedo contar. Total él ya te despidió y no sos más un peligro para Beatriz.

Sabía que Beatriz ( la esposa de Mauricio) y Juanita eran amigas, así que me dispuse a escuchar mientras asentía encendiendo un cigarrillo:

-Soy sincera. Quisiera entender que pasó. El estaba completamente atrapado en mis redes y se me escapó- (No disimulaba con ella mi estilo de vida)
-La cosa fue así –comenzó Juanita con gran placer:

- Cuando yo descubrí el “asunto” entre ustedes ( en la oficina tarde o temprano todo se sabe) fui a contárselo a Beatriz. Podés pensar que soy una chismosa. No me importa. Ella es mi amiga desde hace mucho tiempo y no me parecía honesto ocultarle algo así. Beatriz reaccionó muy mal,pobrecita, pero después de unos días me contó que alguien le dijo:

-Mirá Beatriz, tenés dos alternativas: te separás, echás por tierra tu matrimonio dejándole el campo libre “a la otra”
o ...reconquistás a tu marido. Ella optó por lo segundo. “Voy a luchar contra esa mujer y a favor de mi matrimonio” me dijo decidida, “Conozco a Mauricio mejor que ella, soy su esposa y usaré todas las armas que tengo a mi favor, TODAS y en todo sentido”.
La estrategia estuvo en marcha ¿Te acordás del día en que ella llegó “casualmente” a la oficina cuando el Doctor no estaba? En realidad vino sólo para conocerte: vió que tenías figura de modelo y se inscribió en un gimnasio para recuperar la “cintura de avispa” de sus tiempos de soltera. Como el color de tu pelo era rojizo, se fue a la mejor peluquería de la ciudad a hacerse unos reflejos en el mismo tono y un corte moderno, atractivo. A la hora del almuerzo, cuando todos los empleados nos cruzábamos al restaurante de enfrente, ella estaba en el auto, observándote ¿Te acordás de la mini de cuero negra que te quedaba tan bien? (Y que seguramente al Doctor Mauricio le gustaba) Bueno, ella se compró una parecida...pero más corta y la usaba solamente en su casa, cuando él llegaba y los chicos dormían.
En síntesis: te copiaba en todo. Si hasta me preguntó que perfume usabas.
Lo cierto es que por las noches, radiante, esperaba a su marido con deliciosos platillos preparados por ella misma. Si a él se le ocurría salir, ella alegremente se le “colaba” en el auto. Como nunca pudo averiguar que lencería usabas, se compró todas las más atrevidas que encontró en plaza.
Por supuesto, jamás le comentó a él ni una sola palabra de la relación entre ustedes. Así fue como las cosas empezaron a cambiar para ti. A él, seguramente, ya no le quedaban tiempo ni ganas para estar contigo. El broche de oro para Beatriz fue tu despido, sin que ella tuviera que intervenir en eso para nada.

Juanita guardó silencio esperando algún comentario. Yo seguí fumando, despacio, hasta que la colilla me quemó los labios. No me quedaba mucho por decir ni por hacer, sólo...saber perder.

-Muy bien, dije al fin- aclaradas mis dudas, tengo que admitir que “esa mujer” (una amante siente aversión por el nombre de la legítima pero en este caso me retracté) mejor dicho que...Beatriz, Beatriz de Blázquez ganó, sí, me venció con mis propias armas.

Juanita se fue después de tomar algo juntas ( A pesar de su amistad con Beatriz siempre nos llevamos bien). Me quedé sola pensando...y escribiendo.
En la escuela me decían que era buena para escribir, tal vez debí estudiar algo relacionado con las letras, en vez de andar atendiendo teléfonos y embaucando hombres. Un desengaño juvenil bastó para que llegara a esta conclusión: los hombres no merecen otra cosa. Después de todo, ésta es la vida que elegí y nadie tiene derecho a juzgarme.
De toda esta historia me queda un consuelo: saber que no todas las mujeres son tan inteligentes como Beatriz de Blázquez.

Y ahora que recuerdo:
¿Dónde dejé la tarjeta del tipo ése que conocí en el ascensor?

VIRUSON

Por María Irma Betzel

En el mundo de los cuentos todos estaban preocupados porque ya nadie quería leer las historias que las hadas enviaban al mundo de los niños.
Por eso el príncipe de la cenicienta (ex cenicienta y actual princesa con varios hijitos que se descalzan a cada rato y pierden un zapato) convocó a una gran reunión.
Aunque algunos dicen que la idea fue de una bruja desocupada ( la pobre, como no tenía trabajo, sobrevivía comiendo ajos)
Lo cierto es que la invitación decía así
A TODOS LOS personajes DE LOS LIBROS DE CUENTOS:
Debido a que últimamente los niños no leen más cuentos de hadas los invitamos a la gran reunión que se realizará en el palacio de la Princesa que antiguamente se llamaba Cenicienta, para estudiar nuevas estrategias de Marketing y Publicidad * relacionadas a nuestros historias.
Los esperamos tal día a tal hora.
Tenida: cada uno a su gusto. Se ruega dejar afuera elementos de magia (escobas, varitas, botas,espejos, etc)
*Marketing y Publicidad: Técnicas modernas para captar clientes.
Y así fue como el día convenido se reunieron en el palacio muchísimos personajes , todos muy preocupados.
El burro alemán que quiso ser músico comenzó diciendo:
-Estamos geunidos paga convegsag acegca de la gan cgisis de lectuga de cuentos que últimamente ataca a los niños del “geino cegcano”
-¿Reino cercano? - Gruñó el lobo feroz
-Clago ¿No llaman ellos a nuestros dominios“ geinos lejanos”?-contestó impaciente el gato (también alemán) encima del lomo del burro.
-¿Cuál será la causa de esta crisis? –¿Por qué los niños ya no leen? Preguntó la abuela de Caperucita mirando de reojo al lobo feroz.
Es algo muy extraño- dijo un paje real- Porque puntualmente enviamos nuestras historia pero es como si los niños sólo recibieran páginas en blanco.
-Yo creo que es una enfermedad- Dijo la bruja de la manzana con voz chillona y como todos la miraron desconfiados, aclaró enseguida:
-Pero yo no hice nada, yo no hice nada!-
BASTA!!!- tronó uno de los Reyes- Yo creo que nuestras historias aburren porque somos anticuados. Os hago una sugerencia:
Visitemos el reino cercano, disfrazados de habitantes comunes y modernicémosnos!
La idea fue aceptada con entusiasmo y disfrazados de personas normales ( mediante artilugios de las hadas madrinas) recorrieron los shoppings para adquirir ropa nueva y dispositivos electrónicos de moda. Las brujas compraron modernos escobillones, además de llamativas minifaldas negras. Comprobaron asombradas que sus viejos zapatones puntiagudos y de gran hebilla estaban de última moda así que sólo los lustraron un poco.
.Algunos hasta realizaron cursos de computación. Los reyes panzones hicieron dieta y compraron patines ( a algunos les gustó más el skate) Las princesas paseaban vestidas de rosa y con el pelo ondulado en suave brushing.
Y después de cierto tiempo, al volver al lejano reino, empezaron a ensayar sus historias pero se creaban algunos conflictos . Por ej, el lobo ya no pudo comer a Caperucita porque cuando se le apareció, ella le llamó por celular a su madre y ésta le dijo que huyera lo antes posible ( y también alertó a la abuela).
La Cenicienta ya no era tal pues tenía aspiradora, no se ensuciaba más con ceniza y manejaba el Código Laboral a la perfección exigiendo sueldo, horas libres y otros beneficios.
Sus feas hermanastras consiguieron novio por Internet y por lo tanto ya no tenían interés para aistir al baile del príncipe.
Pinocho se robotizó y las brujas eran controladas constantementes por video así que no podían hacer sus maldades. Por lo tanto el intento de mejorar las cosas en realidad las empeoró
Fue entonces, en uno de esos frustrados ensayos cuando apareció Pulgarcito gritando:
-Atencióóón: Hay un desconocido en nuestro reino! ¡Es casi tan pequeño como yo!-
-Ja, Ja, Ja – se escuchó al instante una risa horrible (tan horrible que hasta las brujas la envidiaron)
Y una dientuda bola de pelos empezó a danzar frente a todos. mientras decía:
-Ya que me han encontrado les diré que soy VIRUSON-el más astuto de los virus de computadora- y que he venido para conocer este país de tontuelos-
-¡Tontuelo será tu abuelo! – dijo el ogro y casi lo alcanzó con un feroz puñetazo pero el virus se movía muy rápido.
-¿No sabes que en este reino solo podemos estar los personajes de cuentos? Tronó el Rey-
Ja, Ja,- volvió a reir Virusón- yo siempre me meto donde nadie me espera... –
Iba a seguir hablando pero en ese momento entraron las hermanastras de Cenicienta gritando;
-¡Fue él! ¡Fue él- El borra las letras de los libros de cuentos que nosotros enviamos al Reino Cercano, por eso los niños ya no leen! ¡Estamos seguras! ¡Lo conocimos en un curso de Internet! ¡Es más malvado que nosotras!-
Y estaban todos tan enojados que persiguieron como locos a virusón
Las brujas trataban de pegarle escobazos para que volviera a su mundo de informática pero el monstruito era muy ágil.
La batalla fue dura. Nunca se había realizado una más terrible que esa en el país de los reinos lejanos.Al fin, un flautista tocó una hermosa melodía cibernética y lo volvió a meter en la compu, claro que el pobre flautista se fue también.
Después, todo volvió a la normalidad.
Los Reyes rompieron alegremente su dieta y volvieron a lucir sus prominentes panzas reales, además dictaron un edicto que prohibía artefactos tecnológicos y ropas modernas durante los ensayos de las historias ( las brujas se resistían a dejar las minifaldas, las princesas el brusching y todos extrañaban los celulares pero en fin...)
Las historias se relataron como antiguamente sucedieran y los niños, felices, las volvieron a leer una y otra vez.
Todos los días en algún lugar, hay relatos que empiezan con las palabras” Había una vez un lejano reino donde...” Eso sí, últimamente no aparece el Flautista de Hamelín...aunque a veces un personaje muy parecido a él saluda a los niños desde las redes de Internet.

KULATA JOVAI

Por María Irma Betzel


¿ No están nuestras lejanas costumbres
mucho más cerca de lo que parecen?
Claude Levi-Strauss


Durante el almuerzo Arnaldo, mi hermano mayor, se limpió prolijamente la boca manchando la servilleta almidonada y anunció, en tono solemne:
- Quiero hacer un rancho kuláta jovái en el fondo
Sus palabras rompieron el silencio malhumorado que se había hecho costumbre en nuestra familia. Causaron efecto inmediato.
-¿Estás loco?- Dijo papá con grotesca expresión de sorpresa.
-¿Cómo se te ocurre?- Exclamó mamá, totalmente de acuerdo esta vez (¡Aleluya!) con su esposo.
- Kuláta jovái... kuláta jovái...- masculló la abuela mientras se le derramaba el caldo de la cuchara y parecía hurgar en su mente embotada el significado de esas dos palabras que la despertaron de su letargo senil.
Hasta Felicia, la discreta y fiel Felicia se detuvo un momento, bandeja en mano, para escuchar atentamente el diálogo.
Yo, Felipe, el menor de la familia, el universitario alocado y eternamente seducido por Cordelia (esa es otra historia) me complací en secreto, por fin iba a producirse un alboroto en el que yo no tendría nada que ver.
Arnaldo, impasible, volvió a afirmar:
- Sí, lo voy a hacer. Ese terreno del fondo no se usa. A nadie le va a molestar que contrate unos hombres para trabajar en la construcción- y añadió, apiadándose del desconcierto de todos:
- Es para mi tesis. Hace años que en la Facultad de Arquitectura nadie elige un tema de esos.
Estas últimas palabras apaciguaron el ambiente. Papá y mamá lentamente reanudaron su almuerzo con una ligera expresión de inquietud y la pobre abuela, que inconscientemente los imitaba, dejó de derramar la sopa y se llevó a la boca la cuchara casi vacía.
Yo me sentía defraudado. Esperaba un poco de locura. Tal vez que Arnaldo dijera algo a sí como: “el rancho será para reunirme de joda con mis amigos” o “para invitar a mis amiguitas extranjeras”. Me hubiera resultado divertido que papá y mamá se escandalizaran un poco más. Estaba seguro de que les haría bien. Desde su jubilación parecían momias mecanizadas. Pero no se podía esperar tanto de Arnaldo, el siempre fue el niño aplicado y sensato. Indudablemente, en mi familia, el mérito de tarado solamente lo llevaría yo por secula seculorum.
De todos modos, la cosa me siguió gustando porque al día siguiente, al llegar a casa después de la universidad, noté que en nuestra casona (mansión, decía desdeñosamente Cordelia) se habían abierto puertas que estaban trancadas desde hacía años. Se quitaron las horribles macetas del patio (impedían el paso de los trabajadores) y a papá se le ocurrió podar las plantas del jardín.
Mamá parecía más activa, correteando de aquí para allá y la abuela se mecía, con mirada complaciente, frente a un ventanal abierto por el que ahora, ya podadas las enredaderas que trepaban por las rejas, entraban raudales de sol.
Protestas no faltaban, claro (cuesta erradicar las costumbres) que se ensucia la casa, que hay que despertarse temprano para abrir la puerta a los albañiles, que todo es gasto y bla bla bla. Pero, sin embargo, descubrí que mamá cantaba mientras hacía los quehaceres y que papá ayudaba en la construcción del rancho. Al mediodía, después de asearse vigorosamente los brazos sucios de barro, almorzaba con buen apetito y buen ánimo (Aleluya)
Mi abuela, mi santa abuela, acorde al ambiente dicharachero caminaba sin bastón desde la construcción hasta el jardín limpiándolo de cualquier chuchería y hasta la observé reír a carcajadas con Felicia no sé por qué inocente asunto.
Así las cosas, llegué a desear que la construcción no terminara. Temía que las puertas otra vez se cerraran, que la humedad y el malhumorado aburrimiento volvieran para impregnarnos la vida (yo tenía suficiente, siempre deseando a mi imposible Cordelia) que lentamente se apagara la chispa de entusiasmo por la cual todos salieron de su apática vida rutinaria.
De todos modos, cuando el rancho estuvo listo, alguien (¡Papá!) sugirió una inauguración.
- Antes debemos amoblarlo- dijo Arnaldo, y ese fin de semana llevamos unas sillas viejas, un catre de campaña y una hamaca paraguaya.
- Debemos estrenar el tatakua- dijo mamá. A mi abuela se le iluminó la mirada y apareció, minutos después, acompañando a Felicia quien traia a empujones un mortero de palo santo casi olvidado en el sótano. Lustré la madera olorosa antes de colocarlo al sol.
El domingo (¡Inolvidable día!) reunimos a la familia completa, nosotros, los de la casa y mis dos hermanos casados con toda su prole. Mamá y abuela, radiantes de entusiasmo servían las comidas de maíz molido que horneamos en el tatakua.
Arnaldo disfrutaba explicando, con aires de sabelotodo, detalles técnicos de la tradicional construcción:
“ Las paredes son de adobe y el techo es a dos aguas. El ambiente que queda en el medio, sin paredes, con vista al patio arbolado, es para recibir visitas, legado quizás del espíritu comunitario de nuestros ancestros guaraníes que vivían agrupados y en contacto con la naturaleza. Nunca falta el apyka puku.
Yo enseñaba a mis sobrinos cómo moler maíz en el mortero para desarrollar, de paso, excelentes músculos.
Se me ocurrió prohibir los artefactos tecnológicos en ese lugar. Todos dejaron sus celulares en el caserón (Mansión, ¡ay! extrañaba a Cordelia). Mis cuñadas, prometieron aportar algunos objetos que después enriquecieron aún más nuestro ambiente natural: un kambuchi, que transpira agua fresca sobre su superficie terrosa; una antigua lámpara, reliquia de un abuelo; mantelería de croché regalo de otra abuela...
Lo cierto es que debimos organizar por turnos las visitas porque son muchos los parientes y amigos que desean compartir los domingos en este lugar.
Los demás días lo tenemos para nosotros solos. Nos gusta descansar allí a la siesta . Se respira otro aire, otro silencio, se diría que otro tiempo.
Fui el primero al que se le ocurrió dormir allí de noche. Lo hago en el catre, bajo los árboles y las estrellas. Desde entonces me siento más relajado, expulsé al estrés. Al poco tiempo debimos comprar más catres. Papá y Arnaldo me imitaron. Mamá y abuela también.
Poco a poco fuimos mudándonos al rancho. Las comidas se preparan a las brasas o en el tatakua. El teléfono no nos hace falta, tampoco las pastillas antidepresivas de la abuela. Ella rejuveneció, recuerda recetas de dulces y otros postres que cocina con deleite. Traje algunos libros buenos, que en la casona no tengo tiempo ni ganas de leer.
Hoy, después de tanto tiempo, volví a escuchar quejas. Es que pedí a todos que este fin de semana me dejaran sólo en el rancho. Así que me divierto escuchando las protestas de papá, mamá y la abuela mientras abren las puertas y ventanas del caserón casi abandonado. Yo estoy feliz. Alguien más sucumbió a los hechizos del rancho.
- Te amo- Le susurré al oído.
- Lo quiero por escrito. Soy romántica, anticuada y además grafóloga- y añadió riendo:
- Debo comprobar si los rasgos de tus letras son convincentes.
- Entonces ven a casa- le dije- pero no a mi mansión.
-¿ Por qué lo niegas, Felipe? Tu casa es una mansión. Eres un pequeño burgués- me dijo- y se echó a reír.
- No - le aseguré - vivo en un kulata jovái
Quedó impresionada. Vendrá esta tardecita.
Estoy sentado debajo de los árboles esperándola. No va a perderse. Coloqué un cartel, con pintura roja, en la entrada que abrimos de este lado. Dice:
Bienvenida Cordelia: Aquí no hay portero eléctrico ni timbre. Golpeá bien fuerte las manos.

Escrito está.
Cuando llegue nos sentaremos juntos en el apyka puku. Alguien golpea las manos, sé que es ella...



Kuláta Jovái: tipica vivienda campesina con techos enfrentados y en declive que recuerda las construcciones de los indígenas guaraníes.
Palo santo: (Bulnesia sarmientoi. Flia Zigophyllaceae) Árbol que se encuentra en algunas regiones de Paraguay, Bolivia y Argentina. Su madera tiene un precioso veteado y aroma agradable.
Tatakua: horno redondo de ladrillo y barro.
Apyka puku: banco largo de madera.
Kambuchi: recipiente de barro cocido.